De vuelta

Marcos y Gabriel caminaban con los ojos entrecerrados por el sol que iluminaba, de lleno, sus caras.

– De pensar a decir, ponele, no hay mucha diferencia.

– Ósea que, si yo quiero, digo que voy a la luna y ¿eso no me hace tan Diferente de Neil Amstrong?

– El tipo sabía de física, a diferencia tuya, y estoy casi seguro que podía subir 10 pisos en escalera, sin cansarse y hasta quizá sin jadear.

– Y ese es tu problema, Marcos querido, que te vas a lo simple. No lo pensas.

– ¿Y vos? Solamente hablas. Hablas mucho y haces poco

– Otra idea simple. No somos tan distintos, yo hago, entre tantas palabras. Vos te quedas en el hecho y lo repetís. No lo decís, por tanto no hay hecho.

– Leíste dos renglones de Morage y te crees filósofo, a mí no me jodas. No me contaste sobre Melina y sin embargo, pasó.

– No, no pasó nada. No lo dije, para vos no pasó.

– Pero ella sí que lo dijo, y además los vi. Podria haber estado borracho, pero ella habla y escribe y se mueve.

– A ella le pasó, entonces, no a mi.

– Pero te volvió a escribir, hace unos minutos tu teléfono no dejaba de vibrar. Y estoy seguro que era ella, vibró hacia la derecha.

– No respondí.

– Pero sabe que leíste, sabe que actuaste. Sabe que en tu cabeza se te cruza ella.

– No, realmente, se me cruzan otras cosas.

– Pelotudo impaciente.

– ¿Yo? ¿Y vos que? Para vos es todo lo mismo.

– Y en eso vivo, obtuve lo que quería, de una forma. Y si hubiese sido de otra, también. Pero vos querías una manzana y tomaste jugo de naranja.

– Yo creo que fue limón. Ya sabes, por lo agrio.

– Podías haber dicho que no.

“Y vos podrías callarte y dejarme de joder”.

Esto último Gabriel se lo guardo… prefirió dejar de escuchar a su amigo, mientras continuaban caminando.