Giros y mechas

– A veces, te sale ser como no querés.
– Siempre soy lo que no quiero.

Marcos dio otro sorbo al Tom Collins que tenia en su vaso. El alcohol se encargaba de desinibirlo y el limón de hacerlo más ácido en sus comentarios.

– No, lo que siempre sos es ser un pelotudo.

Volvió a beber mientras Gabriel respondía su comentario con una risa mientras apoyaba su vaso de nuevo en la mesa. No estaba seguro si había alcanzado siquiera a mojar sus labios.

– Reíte, pero fue así. Ella no iba a ceder a semejante delirio. No sin hacer un preparativo primero.

Gabriel quedó pensativo. Su amigo miraba hacia un costado, levemente exhausto o incluso, irritado ante aquella situación.

– Vos no me conoces. Tampoco la conoces a ella. ¿Por que supones que es un delirio? En Varsovia las mujeres se pintan los labios de azul. Acá el otro día vi como se llevaban detenida a una chica con esos labios. En pleno centro, che.

– No conoces Suiza, ese dato te lo acabas de inventar. ¿En serio viste eso?

Gabriel reía de nuevo. Vio como una chica de pelo negro, con mechas desiguales tomaba lugar en una mesa llena de otras mujeres.

– Varsovia es Polonia, pero Suiza me servia igual. El tema es ponernos de acuerdo en la legalidad de los labios.

– Azules. Los otros colores no importan.

Marcos ahora estaba interesado en conocer las leyes y normas que regían en otros países sobre los labios. Pero Gabriel ya no le prestaba atención. Giro su cabeza para comprender qué lo había distraído.

– Andá, te esta mirando.

Lo animó, aceptando ya que debería quedarse con la intriga hasta la próxima borrachera.

– No me esta mirando… o capaz sí, pero debe ser porque la incomodo.

Marcos volvió a girar la cabeza. La desmechada miro a una de sus amigas y le dijo algo al oído.

– Debe estar buscando alguien que la acompañe. Esa de rulos no esta mal, pero no se si quiero intranquilizarme por vos hoy.

Gabriel se termino casi la mitad de Tom Collins que quedaba en su vaso de un sorbo. Como siempre le pasaba, el azúcar quedaba abajo y el final de la bebida se mezclaba entre horrible y delicioso abruptamente y se juraba no volver a pedir semejante abominación la próxima vez. Algo de lo que seguramente se olvidaría más tarde.

El limón, el azúcar. ¿Debía haber buena azúcar en Polonia? Siempre le gusto bailar con mujeres con labios rojos.
La ilegalidad de Suiza. Las mechas azules imperfectamente perfectas. Los delirios, el preparativo.
Era un pelotudo. Era lo que no quería. A veces… no, a veces no, siempre.

Melina tenia la cabeza recostada sobre el hombro de Gabriel. El sillón de su living era lo bastante cómodo como para soportar esa misma pose toda la noche… o al menos las 2 horas que contaban.
Ya no era igual de oscuro que hace unas horas. De otra forma, no se hubiese percatado de los espirales dibujados en el cuadro que colgaba en la pared, frente a ellos.
Intentó acomodar su brazo para poder moverlo sin incomodarla. Se inclino hacia el piso para tomar su celular que estaba en el bolsillo de su pantalón, Melina hizo un leve bufido, y escribió lentamente:

– Tiene espirales… Siempre me pasa lo mismo.

Recostó su cabeza contra el respaldo, y veía como giraba el ventilador de techo. Ya podía adivinar el color madera de sus paletas.
Giró su cabeza hacia la chica. “Nadie tiene glamour dormido” pensó. Intento, con la mano libre, acomodarle el cabello. Melina sonrío levemente, interpretando aquello como una caricia.
El celular vibró contra el sillón. La luz de la pantalla ya no hacia diferencia en la luminosidad del cuarto:

– Ja.

Siempre igual, Marcos no entendía la gravedad de aquel asunto… espirales.
Creyó que ya era hora de irse e intento levantarse. Pero Melina lo tomo con ambos brazos y emitió un sonido gutural de eme alargada en señal de protesta. Sus manos se sentían calurosas. “Ya no tienen el glamour de la sorpresa” se dijo a si mismo recordando lo que había temblado hace unas horas cuando ella lo tomo del brazo.

La besó en una mejilla. La chica sonrió.

– ¿Preparo café?

Se ofreció amablemente. Ella, aún en la duermevela, contesto en su “idioma de emes” diciendo “no no”.
Gabriel suspiro. No se quería ir de ahí, pero aquello lo incomodaba. Si tan solo pudiese apretar un botón y que todo vuelva a ser como antes de conocerse.
Su cuello comenzó a transpirar por el calor de sus manos. Con la suya las corrió a su pecho, intentando asimilarlo a un gesto romántico. La chica se rió. Él sintió un placer levemente frió en el cuello.

La chica abrió, lentamente, los ojos, el le alcanzo la prenda de ropa que más a mano tenia. Una blusa blanca con lunares.
Melina sonrió y la tomo con sus manos, lo beso, de forma mucho más pausada y tierna que hacia apenas una hora.

Se incorporo lentamente, y él no dudo un segundo en hacer lo mismo. Se vistieron, casi en silencio a excepción de algún “¿Me pasas … eso?”.
Ya vestidos, se quedaron mirando sin decir palabra. La chica sonreía, el le respondía.

– Tengo que irme… ¿No te enojas?

Ella le respondió con un beso.
Caminaron juntos a la puerta, se saludaron y concluyeron con un abrazo. Volvió a ver el cuadro… “Espirales… soy un salame”.
Volvieron a mirarse. Él estiro uno de sus rulos y lo soltó para que recuperara su forma original. Sonrieron como idiotas, y volvieron a verse dos días después.