Etemenanki

Es extraña, tu voz, difícilmente reconozco cuando comenzás una palabra o terminas una oración.
Intento concentrarme en tus gestos, en tus manos, en la desesperación de tus ojos.
Nuestras breves conversaciones apenas duran 10 segundos, expresarte algo concreto es una tortura, pero acá estamos, intentando dejar de ser extraños, aunque quizás siempre sea una sorpresa lo que pedimos para comer.
Nuestra relación, en lengua primitiva, crece en cada minuto, atravesando milenios de evolución en solo un par de días. Ya puedo entender el momento en que tenés sed e incluso intentar usar algún sonido que se asemeja a esa palabra (u frase, no estoy seguro) que hace que te rías mientras te levantas a buscar una botella de agua.
Paseamos cerca del río, me dijiste que era impresionante lo rápido que se movía. O quizá que tenias miedo porque, motivada por algo que supongo que era instinto, me abrazaste y te respondí ese abrazo y entonces fueron nuestros latidos los que hablaron.
El río entonces se detuvo. Y no tuvimos que decir ninguna palabra que no entendamos durante muchas horas. Quizá nunca volvamos a entendernos tan bien.
Pasaron aquellos días, que solo fueron 2 pero mi memoria insiste en que fueron 10. Y ya no volveremos a vernos jamás, quizá, ya que nunca aprendí a pronunciar tu nombre y nuestra despedida había sido concreta: Tres palabras (o frases), una mirada y un par de lágrimas.